Asalto al tiempo: reseña de Francisco José Ramos (1982)

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Asalto al tiempo, Giannina Braschi, Editorial Ambito Literario, Barcelona, 1981, 129 págs.

La lectura de Giannina Braschi por Francisco José Ramos comenzó con Asalto al tiempo. Publicado en la revista Plural en 1982, apenas un año después de la aparición del poemario, este ensayo fue la primera reseña que el filósofo puertorriqueño dedicó a la obra de Braschi. Fue el comienzo de una reflexión crítica que continuaría durante décadas: Ramos escribió el “Postfacio” para El imperio de los sueños, publicado en Barcelona en 1988; dedicó un artículo a United States of Banana; y contribuyó un capítulo sobre su obra a Poets, Philosophers, Lovers: On the Writings of Giannina Braschi.

En esta primera lectura, Ramos reconoce ya los problemas poéticos y filosóficos que atravesarán la obra posterior de Braschi: la soledad, la metamorfosis, la ciudad, la multiplicidad de voces y la escritura como acción. Su ensayo sitúa Asalto al tiempo en diálogo con Shakespeare, César Vallejo, Paul Klee, Arthur Rimbaud, Antonin Artaud y Alicia en el país de las maravillas. Para Ramos, asaltar el tiempo significa intentar atrapar la palabra y escuchar, sin borrar la distancia, “la voz de la ausencia, las voces del mundo”.

“Porque asaltar el tiempo sólo puede entenderse, en este contexto, como un intento por atrapar la palabra y sorprender con ella, sin anular la distancia, la voz de la ausencia, las voces del mundo.”

—Francisco José Ramos, 1982

Documento de archivo: “Asalto al tiempo de Giannina Braschi”

Francisco José Ramos
Plural: Revista de la Administración de Colegios Regionales
Universidad de Puerto Rico, vol. I, núm. 2
San Juan, julio–octubre de 1982

GIANNINA BRASCHI: ASALTO AL TIEMPO
Barcelona, Editorial Ámbito Literario, 1981, 129 págs

Asalto al tiempo
Asalto al tiempo, primer poemario de Giannina Braschi, reseñado por Francisco José Ramos en Plural en 1982.

Se podría decir que el libro de poemas Asalto al tiempo de Giannina Braschi (ed. Ámbito Literario, Barcelona, 1981) es una alegoría de la soledad. Sin embargo, hay que señalar inmediatamente que la soledad no es en este caso simplemente la expresión de un “yo” poetizado o el “tema principal” del libro.

Lo característico de esta alegoría, que se representa en una serie de veintiún poemas, enumerados pero sin título, es su dramatización, es decir, la acción de una escritura que busca transgredir los límites del mundo hecho lenguaje. Con ello nace un cuerpo poemático (llamémosle así a estos “poemas en prosa” o a esta “prosa poética” para resaltar su originalidad) que se vale de la realidad de un mundo cosificado para continuar el lenguaje de una soledad que se confunde con el devenir caótico del mundo.

Por esta razón, la poesía de Giannina Braschi no se agota en metáforas brillantes, ni mucho menos en ideas o sugerencias conceptuales. Se trata más bien de una poesía que aparece y desaparece en la acción de una intensidad que se define por los caprichos de su metamorfosis. Se trata de una poesía sin contornos fijos, en constante desplazamiento y, hasta cierto punto, abismal.

Una poesía que añora salir de sí misma, que juega —no sin una angustia indefinida o imprecisa— a delimitar su propio espacio, pero que termina siempre devorando sus búsquedas y sus añoranzas.

No podría ser más acertado el tema de este libro, tomado del acto V de King Lear de Shakespeare: “And take upon’s the mystery of things / As if we were God’s spies”. Aquí están presentes todos los elementos de estos poemas. El “misterio de las cosas” se hace patente desde el momento en que el poeta actúa, a través de la escritura, como centinela de las palabras. Entonces el poeta se convierte en un espía de Dios porque nombra por primera vez las cosas y descubre en ellas el instante de su luminosidad.

Todos los poemas de G. Braschi poseen una profunda complicidad con el misterio de las cosas que hace posible esa atmósfera primitiva de encuentro del poeta con las palabras:

Alguna letra llega y me visita. Sienta sus piernas en la sala. Transita sin hablar. De pronto estalla y aparece otra figura. ¡Bienvenida! Huye rápido y veo dos, tres, cuatro, cinco, siete, quinientas letras. De repente escucho la palabra río y corre el agua en los espacios acuáticos de otro río. Repito dos, tres, cuatro, cinco, siete, quinientas veces río y el frío aprisiona los crepúsculos. Tiembla entonces la doble vertiente de esa letra. No hay regreso sin fondo. La letra nace de la vida. Allí comenzó su límite. Debajo descubro el mundo.

De esta manera el lenguaje mismo se hace cosa y el caos del mundo se vuelve, o mejor, se expresa como lenguaje. Y la alegría de la soledad, hilo conductor de las intensidades en fuga, se despliega en una superficie temblorosa, casi acuática, por la que transcurre un infinito en desbandada. El poeta es un niño que lucha por reconocerse en todo lo que nombra, pero es tal el poder de lo nombrado que la misma voz se deshace interminablemente: “Un signo me interroga y la palabra se abre. No hay orilla”.

En la abertura de la palabra hay una realidad sin límites, escindida en su inherente multiplicidad y limitada por sus propios desprendimientos: he aquí, a nuestro entender, la esencia de la poesía de G. Braschi. Estamos ante un primitivismo esquizoide que nos recuerda mucho el arte de Paul Klee y la experiencia literaria de dos poetas que, de un modo tan desgarradamente vital, han contribuido a expresar la realidad del hombre moderno: Arthur Rimbaud y Antonin Artaud.

Es así que la alegría de la soledad de Asalto al tiempo transcurre, igualmente, en contraste con la superficie acuática antes aludida, en otra superficie, en la superficie despavorida de la ciudad. La ciudad es el gran telón de fondo de la poesía moderna y, en particular, de estos poemas. Pero insistamos: se trata de la experiencia psíquica de la ciudad, que G. Braschi traduce poéticamente a través de la personificación del viento, del fuego, de la noche, de las puertas, de las sillas, de los timbres y de las alarmas. Las fuerzas naturales, en constante intercambio con las fuerzas de las cosas, ocupan el lugar de éstas y éstas el de aquellas para hacer surgir el orden indeterminado de una nueva “naturaleza”.

¿Y acaso no es ésta la dinámica que define la realidad del mundo contemporáneo? Sobre todo es el viento, la intimidad del viento y la ciudad, la compañía privilegiada de la soledad. Así, pues, leemos: “Nos perdimos en la ciudad del viento. Pero otra noche cercana se abría entre la muchedumbre”. La voz de la poesía de G. Braschi está en continuo diálogo con estos personajes que no cesan de confundirse y de introducirse en los distintos miembros del cuerpo.

Al igual que la palabra, el cuerpo se abre y se disemina en todo lo que siente. El cuerpo también se cosifica para ocultarse en lo intangible del silencio:

El viento y yo tendríamos que levantarnos del suelo y volar. Detrás de los armarios y los muebles nadie repite su nombre. Sí, ya sé que estoy en un mundo de sonidos invisibles. Reconozco su origen, voy hacia él y me escondo. El viento y yo tendríamos que levantarnos del suelo y volar. Mi mano dice que ya no siento el aire.

La voz de la poesía de Giannina Braschi es la voz de una niña antigua que, habiendo despertado de su sueño milenario, descubre que sus orígenes están por todas partes pero, por lo mismo, igualmente ausentes. Porque tales orígenes andan disfrazados, disfrazados de días, de memorias y de olvidos. Porque los disfrazados son justamente la realidad del mundo. La niña antigua comienza así a contar, a nombrar, y mientras lo hace, todo se vuelve a escapar porque el mundo se desvanece en las palabras.

Ya en Trilce, Vallejo expuso su voz a la magia numérica del tiempo y de las palabras que todo lo ocupan. Cercana a esta experiencia, la poesía de G. Braschi se expresa de un modo contundente:

Quisiera arrancarle el número a las olas. Mírame. Tengo cinco dedos y las olas son cinco. ¡Qué sabrá este cinco de aquel siete o el diez! ¿Sabes que si abro los dedos cuento cincuenta y digo: cinco, cinco? Los dedos no pueden abrirse, se cierran. Corren por las olas y regresan siempre al mar. Y sin que nadie sepa su secreto vuelven, vienen. Traen en lo que se llevan. Traen el mar y se llevan el abrazo. Cuenta los dedos de mis manos. Diez dedos suman veinte brazos. […]

La unidad orgánica de los poemas de Asalto al tiempo es lo suficientemente intensa y poderosa como para hacer inútil e irrelevante la presencia de un “yo poético” imperturbable. Es decir: el lirismo de estos poemas, como también el de una parte muy importante de la poesía moderna contemporánea, no puede identificarse ya con las representaciones subjetivas de quien escribe, sino con el drama de una escritura que transcurre.

En este sentido es interesante observar el modo en que las distintas voces de Asalto al tiempo (1.ª persona singular y plural, 2.ª persona singular) se suceden unas a otras, pues parecen guardar el secreto de una misma voz ausente que, sin embargo, se identifica con ellas. Las voces hablan solas o hablan entre sí, creando así el espacio de un sobrio pero enigmático perspectivismo.

En ocasiones las voces recuerdan el diálogo de dos amantes sin rostros, de dos amantes anónimos cuyas voces a nadie pertenecen. Otras veces, las voces se confunden con lo que podría ser un monólogo que desaparece súbitamente de los desiertos de la muchedumbre. La indecisión, la ternura, la huida, la quietud del desamparo, el deseo de ordenar un mundo de acuerdo con la intensidad de lo vivido y el anhelo de desordenarlo todo para que todo brote de nuevo:

Hoy el día ha saltado. Vengo volcado al revés, me dijo, y entonces yo le dije: ayúdame a bajar el techo y a ponerlo en la calle. Y luego trae la escalera y acuéstala en el piso. Si el mundo es así —me dije—, que siempre sea así. Pero luego el teléfono sonó, sonó el despertador, sonaron los relojes y todo se escapó. Hasta mi camisa tenía deseos de respirar. Ábreme —me dijo— y yo la obedecí. Ya van dos días de sorpresa. Ayer quise quebrarme y me escapé. Mi mano estaba sentada en otro lado. Tu rebelión —me explicaste— es para que recojas los fragmentos. Sí, todo debe permanecer en su lugar.

¿No será la niña antigua Alicia en el país de las maravillas? ¿Alicia en el país de las metamorfosis, Alicia en la ciudad de los sueños, Alicia en los sueños de todos nosotros, en los sueños que nos poseen sin que se alcance nunca a poder nombrarlos? En todo caso, es evidente que los poemas y el cuerpo poemático de Asalto al tiempo se recrean en los gestos de un primitivismo infantil, cruel, trágico y cómico a la vez, que ha sabido devolverle a la soledad la fuerza irreverente de la poesía.

¿Pero el tiempo? ¿Qué papel juega aquí el título del libro? A nuestro entender, el título del libro es la única metáfora sola o aislable de estos poemas. Porque asaltar el tiempo sólo puede entenderse, en este contexto, como un intento por atrapar la palabra y sorprender con ella, sin anular la distancia, la voz de la ausencia, las voces del mundo: “He aquí la realidad. La mano toca la distancia. La toca, nada más. Es todo. Y basta”.

Francisco José Ramos, filósofo puertorriqueño

Francisco José Ramos es filósofo, poeta y catedrático jubilado de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Es miembro numerario de la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española y autor de la trilogía filosófica Estética del pensamiento. Su obra aborda la escritura filosófica, la ontología, la ética, la experiencia artística, el lenguaje poético, el budismo y el psicoanálisis.

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