Juan Martínez Capó: reseña de Asalto al tiempo en El Mundo

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Publicada en la sección “Libros de Puerto Rico” de El Mundo de San Juan el 3 de octubre de 1982, esta reseña de Juan Martínez Capó examina Asalto al tiempo (1981), primer poemario de Giannina Braschi. Capó (1923–1995)—periodista literario, cuentista, editor, crítico y ensayista puertorriqueño—lee sus poemas en prosa como un universo concentrado en el que la palabra, el silencio, el diálogo y el acto de escribir se convierten en materia poética. Al definir el libro como “uno de los documentos poéticos más iluminadores de la reciente poesía puertorriqueña”, registra uno de los primeros reconocimientos de la obra de Braschi dentro de la crítica literaria de Puerto Rico.

EL MUNDO

Documento de archivo: reseña de Asalto al tiempo

Por Juan Martínez Capó
Sección “Libros de Puerto Rico”
El Mundo, San Juan, Puerto Rico
3 de octubre de 1982, p. 7-B

“Uno de los documentos poéticos más iluminadores de la reciente poesía puertorriqueña.”

—Juan Martínez Capó, El Mundo, 1982

Giannina Braschi, Asalto al tiempo; Barcelona, Ámbito Literario (Poesía), 1981, 129 p.

Giannina Braschi ha escogido el modo externo de la “prosa” para transmitir su poesía, pero esto es sólo un convencionalismo formal: esas oraciones y esos párrafos suyos no necesitan del aspecto del verso para que reconozcamos en ellos el zumo de lo lírico. De hecho, el editor Víctor Pozanco incluye el libro en la serie Ámbito Literario de Poesía, por lo que cualquier duda visual, antes de entrar en los textos, queda inmediatamente disipada.

Braschi, quien se doctoró en Stony Brook en Nueva York y enseña en Rutgers en Nueva Jersey, ha terminado un libro sobre Bécquer—El tiempo de los objetos o los espacios de la luz—, por lo cual no resulta ocioso establecer algún nexo entre su poesía y la del genial sevillano. Está, me parece, en el afán de esencializar el sentir, de despojarlo de todo aparato retórico, de llegar a la entraña lírica del discurso.

Braschi se enfrenta a su universo en una conversación de breves parlamentos—consigo misma, con el amado—donde el autoanálisis se va dando en saltos imaginativos, irónicos, sorpresivos. El tono menor personal resulta engañoso: el texto está lleno de dramatismo interno. La confidencia sobrecoge sin ser explayadamente confesional. Lejos del decir de Braschi los borbotones de “intimidad” sensiblera que muchos han llegado a asociar con la llamada poesía femenina, principalmente con la erótica.

Asalto al tiempo

Braschi transcribe un mundo comprimido, concentrado, encapsulado, de vivencias individuales o comunes—las que comparte con el amado—donde las cosas del suceder diario aparecen en una lengua a la vez sencilla y estilizada; podría hablarse de un cotidianismo simbolizante.

Lo comunicativo es el fenómeno central de esta poética, por lo cual, para fines de esta nota, voy a fijarme sólo en ciertos aspectos que tocan en lo expresivo: la presencia de temas como la palabra, la letra, el habla, la escritura.

La palabra rige el acontecer braschiano, y su misión es ordenar lo disperso, recomponer el caos, lo que ella denomina “volver el mundo a su lugar”. Así queda expuesto desde el fragmento I:

“Detrás de lo que suena está la puerta. Detrás de la palabra está el silencio. En cada cosa hay un envés y un pliegue que se oculta. Y lo que se acercaba se cayó y se detuvo lejos en la cercanía. Una expresión se duerme y se levanta. Y lo que estaba allá regresa. Es una forma de volver el mundo a su lugar. Y algo vuelve cuando debiera quedarse recordando…”

Es un mundo de aparentes polaridades que a la larga se interpenetran: lo que se calla resulta tan elocuente como lo que se expresa. La “puerta” comunica los cuartos de la palabra y el silencio.

La palabra hablada anticipa un interlocutor; sólo así cumple el acto de la comunicación. En ese acto (aquí el amor) se utilizan, curiosamente, las convenciones de la palabra escrita: hay también una ortografía del habla, como lo demuestra Braschi en este fragmento:

“Hablo, háblame. Te escucho. Tengo prisa. Necesito que nos hagamos el amor. De otra manera menos cerrada. Abre los brazos, si ves que te corrijo un verbo, pónme un acento y mándame a callar. No quiero interrumpir tus horas de silencio. Pero llámame por teléfono y mándame un telegrama. Le tengo que pedir permiso a los acentos. Alguno me quitó el acento para dárselo a una coma. Puso la coma y se fue. Me quedé sola en la avenida…”

El libro como repositorio de la vida es un concepto que corre a lo largo del poemario, y aunque pueda parecer una idea bastante literaria, Braschi la dota de dinamismo:

“Hola. Como regresaste tarde olvidé que te había escrito una línea, y recordé que la línea del libro había recogido un papel que me mandaste para que le escribiera al libro un recuerdo…”

Se transita por el libro como por la vida:

“Luego caminé hasta la octava avenida de la página tres y me encontré de pronto con el olvido. Crucé la avenida en la página diez y luego miré el horizonte de la página tres y borré la noche…”

El propio acto de escribir se va haciendo consustancial con el de vivir, y vida y libro a la larga vienen a ser idéntica cosa; la voluntad de expresión, razón vital, se exterioriza en el libro, que a la par se internaliza en su propia escritura.

Según se identifican vida y libro, se parean mundo y letra. Las letras, que van formando la palabra, son los materiales de construcción del orbe exterior:

“Alguna letra llega y me visita. Sienta sus piernas en la sala. Transita sin hablar. De pronto estalla y aparece otra figura. ¡Bienvenida! Huye rápido y veo dos, tres, cuatro, cinco, siete, quinientas letras…”

Y de pronto el prodigio:

“La letra nace de la vida. Allí comenzó su límite. Debajo descubro el mundo”.

Ese mundo que descubre Braschi en el libro que escribe, donde experiencia y literatura se funden, aunque nunca se confunden, constituye uno de los documentos poéticos más iluminadores de la reciente poesía puertorriqueña; aquí sólo he podido asediarlo por un solo flanco. Es un acontecer creador que esta joven poeta continuará en su segundo poemario, que ahora trabaja, y que lleva el título incitador de Cartas, Dramas y barajas.

Juan Martínez Capó, crítico literario puertorriqueño

Juan Martínez Capó (1923–1995) fue periodista literario, cuentista, editor, crítico y ensayista puertorriqueño. Desde mediados de la década de 1940, sus columnas y reseñas en Puerto Rico Ilustrado y El Mundo documentaron la producción de varias generaciones de escritores. Firmó secciones como “Temario isleño”, “La escena literaria” y “Libros de Puerto Rico”.

Entre sus obras se encuentran Viaje (1961), Antología poética de Asomante, 1945–1959 (1962), Índice de Asomante, 1945–1959 (1963) y Tipos puertorriqueños: prosa costumbrista del siglo XX (1968).

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