La comedia profana reseña
La comedia profana de Giannina Braschi
Especial para El Mundo. Domingo 28 de diciembre de 1986.
Giannina Braschi, “La Comedia profana”; Barcelona, Anthropos, Ambitos Literarios, Poesía 79; 1885, 194 p.
La Comedia Profana, libro original, exasperante caótico y satisfactorio, todo a la vez, es el segundo poemario de Giannina Braschi, el cual la autora, utilizando las dos convenciones literarias de la vida como escenario y la vida como manuscrito, aporta un texto que se vive a la par que se escribe y se representa.
Importa saber cómo describe un autor su obra, aunque no se le tome al pie de la letra, y Braschi, tal vez con una buena dosis de ironía en su autocontemplación, describe así este poemario (que, por cierto, se redacta como si fuera prosa) en su advertencia:
“Fue escrito para el mundo y para la vida y para las muchedumbres y las masas. Y fue escrito para las élites y los pensadores y los filósofos. Es el libro de las exclamaciones y las interjecciones. Y es el libro de Baco y Fausto. Y del poeta niño. Y del poeta actor. Y del poeta filósofo…”.
Según se ve, hay de todo, como en botica. Tanto, que Braschi se ha visto precisada a ofrecer su baúl-mundo en seis sub-libros, que comienzan con “Alfabeto de Dios”. Este libro inicial entronca con el primero que publicó Braschi, Asalto al tiempo, del cual me ocupé al salir en 1981. El tema de la vida como manuscrito presenta al hombre como atrapado entre letras, caminante entre palabras, atento a los policías de tránsito que son los signos de puntuación:
“Hola. Como regresaste tarde olvidé que te había escrito una línea, y recordé que la línea había recogido un papel que me mandaste para que le escribiera al libro un recuerdo. Otra vez te has olvidado de las comas. No, no me olvidé. Ellas olvidaron ponerle un punto final a la memoria…”.
El texto resalta el ancho trecho entre lo que se dice y lo que se precisa; no hay conversación; en lugar de diálogos, todos es un largo soliloquio, un monólogo coreado.
Entradas y salidas son las mismas: “yo estaba regresando por el desenlace cuando me encontré con la entrada”.
De qué me sirve -se pregunta la autora- estar en la dimensión desconocida?
Hay una cualidad onírica en muchos de estos textos. A veces dan la impresión de que la poeta a caído por casualidad en otro sueño que no es el suyo; inmediatamente, sin saber principio ni fin, trata de incorporarse a este sueño invadido con resultados fascinantes, desconcertantes. Todo muy borgiano. Hacia el final (poema 30) el espacio ha quedado abolido.
En el segundo texto, “El Libro de los Payasos y los Bufones”, estamos en el circo de la vida, poblado de bufones, payasos, locos, magos: “Yo he sido adivina”, anuncia de entrada Braschi, la pitonisa.
La metamorfosis, lo proteico, son el signo de este libro: nada es lo que es, todo es intercambiable, transformable: “Quién sabe si mañana podrá dormirse la liebre con el sueño del cotejo, y si el conejo podrá volar con las alas del avestruz, o si el avestruz podrá ladrar con el maullido del gato, o si el gato entre las patas de la gata pudiera hacerse león o liebre que corre para tocarle el corazón a quien procure entregarle su otra parte, ala, ladrido o palabra…”
Esa equiparación de elementos disímiles en serie alcanza a la llamada enumeración caótica:
“Mundo. Universo. Planeta. Pronto, pronto, pronto, -Por poco cae. -No se cayó. Periódico vacío. Día, dolor, cantimplora. Explota, pólvora, bomba…”
En ese final del poema 48, pongamos por caso, la aglomeración de elementos, el atropellamiento verbal hacen algo ilegible el discurso.
Tal vez todo esto tenga que ver con el concepto de poesía como locura, tan presente en la lírica vivencia del Francisco Matos Paoli. Véase el principio del poema 51: “Todo parece poesía. Los locos miran alto. Todo parece locura. Los locos no temen, no temen al fuego. Las quemaduras del cuerpo son poesía. Las heridas de los locos son poesía…”
“Los Poemas del Mundo”, tercer libro, abren bajo el signo de lo báquico: la orgía, lo bacanal, la fiesta, la ceremonia, el rito. Lo proteico resurge como característica del amor:
“Todo poblado y abastecido de ti. No hay nada vacío. Y estas vacío y lleno y me cazas como animal y me destrozas la piel, y eres el cazador de mi bosque, y yo soy el rinoceronte, y tú el buitre, amor, y yo el canguro…”
La intertextual se incorpora al texto que se redacta, en las alusiones a los libros que lo preceden: “Yo inventé el alfabeto de Dios. Inventé el Libro de los Payasos y Bufones…”.
El cuarto libro “la Pastoral” se inicia inocentemente como un nuevo canto arcádico: “Yo quiero hablarles ahora desde el fondo de mi alma. Yo quiero hablarles de los cántaros de agua. Y de los Pastores. Quiero hablarles de las zampoñas y de las flautas. Y de los rebaños. Y de las manadas de ovejas que hay en mi alma…”
Pero no nos llamemos a engaño; no estamos ante “el dulce lamentar de dos pastores, / Salicio justamente y Nemeroso” que canto Garcilaso.
Estas pastoral es una égloga virada al revés; lo bucólico patas arriba.
Como el Poeta en Nueva York, de Lorca tenemos ahora El Pastor en Nueva York, de Braschi, quien reside en aquella urbe:
En el último piso del Empire State Building se ha parado un pastor a cantar y a bailar. Qué cosa no grande. Que la ciudad de Nueva York haya sido invadida por tantos pastores. Que ya no se trabaja que sólo se canta y se baila. Y que los periodistas del New York Times. En titulares. Y el Daily News griten. Los pastores han invadido a Nueva York…”
Como lo hiciera Norman Mailer en su título Advertisements for Myself, la poeta se hace su propaganda: “Lean La Comedia Profana… Esto es un anuncio. Un anuncio hecho libro…”
Giannina se desdobla en Arlecchino, y con la comedia pastoril tenemos a la vez la Comedia de Arte.
Los enigmas, los problemas sin resolver del texto se plantean desde el propio texto: “…Quiénes eran los porteros. Por qué se cerraban las puertas. Qué ocasionó la orgía. Y por qué hay más de cinco huevos. Por qué los prodigios. Y por qué la lotería. Por qué un libro así, Señor Arlecchino, Por qué…”
Se hace además una evaluación, pues se acerca el fin de La Comedia Profana propiamente: “Este ha sido un cuento tonto. Un cuento que todavía no se acaba. Y que renace cada día. Y que tiene que contarles hasta siempre otras cosas. Espérenlas…”
El “All the World’s a Stage” shakesperiano preside esta sección en particular, aunque es emblemático de todo el libro en el cual es evidente la presencia Bardo de Stratford.
El poemario, sin embargo, sigue. Queda aún “Canto de la Nada”, que se describe como “esta nueva ficción literaria”, y cuyo tema parece resumirse en el verso: “Todo se reduce a la mismísima nada”.
Surge en un momento un “Salid, sin duelo, lágrimas corriendo”, que nos remite en la alusión garcilasiana, a aquella anti-égloga anterior.
Queda, además, y a manera de coda, un “Manuscrito final”, que estaba prefigurado en “El Canto de la Nada”, con el verso: “en sombra, en polvo, en nada”. Estamos pues, en ese libro último ante un homenaje a Góngora, el de aquel soneto empieza “Mientras por competir con tu cabello”, y acaba: “en tierra, en humo, en polvo, en sombra nada”, palabras con las que juega Braschi en el cierre de esta “comedia”, que a diferencia de la dantesca, que es divina, o la valsaciana, que es humana, ella llama profana.
Curiosamente, aunque La Comedia Profana se fundamenta en un supuesto metafórico (la vida en teatro, la vida en manuscrito), no abunda en ella la imagen, aunque si el juego verbal. Es como si la poeta quisiera una transcripción literal, pero no del mundo en que vive sino de uno alterno, como esos universos paralelos que se presentan en algunas obras del mundo real ¡pero con cuánta diferencia cuánto disloque!
Podría decirse que la autora ha demostrado el mundo y lo ha vuelto a armar ¡pero cuántos tornillos le han quedado en el suelo! (¿olvidados o dejados adrede?).
O tal vez, como Alicia, ha pasado a través del espejo…
Como sea, hay un elemento esperanzador de La Comedia Profana que no debe pasarse por alto, ante la influencia del título “Canto de la Nada” del penúltimo libro.
En “Los Poemas del Mundo”, hay uno en que alude, como siempre, al propio texto (“Este libro no es un libro. Yo no lo leí. Yo lo viví”), y se puntualiza.
“Yo estoy dispuesta a terminar el libro con otra vida. Con otra Afirmación de la vida. Con otro Sí bien grande”.
Ese sí gigantesco a la vida, después de todo, es el “mensaje” de esta comedia, lúdico breviario para actores, espectadores, lectores, poetas y locos.
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Juan Martínez Capó
por Cirilo Toro Vargas
Periodista literario, cuentista, editor, crítico y ensayista. Durante su fructífera existencia literaria se costituyó en el baluarte del que hacer cultural isleño mediante sus ensayos y reseñas hábilmente recreados desde diversas secciones a través del Puerto Rico Ilustrado y El Mundo: ” Temario Isleño”, “La Escena Literaria”, y “Libros de Puerto Rico”. Sus columnas retrataron al devenir de varias generaciones literarias desde mediados de la década de los cuarenta. Es autor de: Viaje (1961), Antología poética de Asomante, 1945- 1959 (1962), Tipos puertorriqueños: prosa costumbrista del siglo 20 (1968), Indice de Asomate, 1945-1959 (1963)… Su cuento “La rifa” se publicó en 4 cuentos de mujeres. (1959).
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