Las transformaciones de Giannina Braschi

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Esta escritora puertorriqueña, revolucionaria, retadora, visionaria y valiente, ha superado los encasillamientos usuales con que se suele silenciar la voz de los nuestros

Resulta difícil describir la personalidad literaria de Giannina Braschi. Nació aquí, pero vive allá, y va y viene; escribe en inglés, escribe en español y a menudo en Spanglish; empezó como tenista, estudió letras y como escritora “quiere sacar la literatura de la literatura”; es poeta y es prosista, pero la seduce lo dramático: contrapone y contrasta voces, actitudes, consignas, géneros y lenguas; ama lo griego, pero su poesía es muy contemporánea, más aún, se adelanta al momento. Y si bien sus libros gritan, incomodan y atacan, su persona es suave, gentil y educada.

Entrevista

Por Carmen Dolores Hernández

Inapresable y contradictoria, Giannina Braschi cambia, se transforma, sorprende, desafía. Sus libros – “El imperio de los sueños”, “Yo-yo Boing!” y “United States of Banana”- han impactado el mundo literario estadounidense (la editorial de la Universidad de Pittsburgh acaba de publicar una colección de ensayos sobre su obra). Es hora de que la reconozca también el público puertorriqueño.

CDH: ¿Cómo fue tu vida en Puerto Rico?

GB: Nací en San Juan. Me eduqué en el Colegio de las Madres desde primer grado hasta tercer año de escuela superior, cuando lo cerraron. Enseñaban en español, no en inglés. Me dieron un trasfondo cultural importante y mucha disciplina. No enseñaban bien el inglés, pero terminé escribiendo en ese idioma, también en español y en Spanglish. A los 21 años me fui del College del Sagrado Corazón, donde estudiaba el bachillerato, a España, donde lo terminé. Estudié con poetas españoles que me ayudaron mucho.

CDH: ¿Y después?

GB: Fui a estudiar a Oxford. Me compré los discos de T.S. Eliot leyendo “The Waste Land”: ese fue mi entrenamiento en la poesía. Quería hacer lo que hizo Eliot, continuar su revolución poética. Él tomó las voces de la gente en la calle y les dio estructura, a la manera de una tragedia hecha toda de coros griegos. Eso es lo que hago en la poesía: dar paso a voces que no sabes de dónde salen. Son voces de la calle: lo que la gente está pensando, comentando en la calle.

CDH: Y tu voz, ¿dónde queda?

GB: La personalidad, el centro, es siempre mío. Yo interpreto lo que los demás dicen a través de mi propio ser. Eso le da unidad a la escritura, en la que siempre aparece (aunque cada vez menos) un personaje que se llama Giannina. Se hace parte del coro. La multitud, la colectividad, es más importante que la individualidad.

CDH: ¿Fue mientras estudiabas que escribiste sobre Cervantes y Garcilaso, sobre Bécquer, Machado y Lorca?

GB: Me interesaron mucho esos escritores. En 1982, me publicaron en México “La poesía de Bécquer: El tiempo de los objetos o los espacios de la luz” (Costa Amic), que fue mi disertación doctoral para Stony Brook. Pensaba que el libro estaba perdido, pero van a hacer una segunda edición. Machado me dio la clave para estudiar a Becquer: su principio de contradicción. El movimiento interno de su poesía es “sí pero no…”, como cuando escribe “Volverán las oscuras golondrinas, pero esas no volverán…”. Todos los poetas tienen algún tic nervioso que define su estilo, una dialéctica propia: en Vallejo, por ejemplo, es un “Jack in the box”: afirma algo, lo tumban y se levanta siempre.

CDH: ¿Cuándo te fuiste a vivir a Nueva York?

GB: Me gustaba la ciudad cuando iba de niña con mi abuela: me sentía como una princesa, caminando libre, con mi paraguas. Pensaba que allí podía ser una esteta. Cuando regresé a los 21 años antes de irme a Francia a estudiar, me quería quedar. Pero no me establecí en la ciudad hasta después, cuando enseñaba en Rutgers. Conseguí ser libre a nivel mental porque uno está muy solo allí. Escribí varios manifiestos de la soledad mientras trabajaba en Rutgers. Nueva York es una ciudad que te agarra, aunque no quieras. Al principio pensé que pasaría seis meses allí y seis en Puerto Rico, pero me quedé a pesar de que es difícil vivir allí. La ciudad nunca te acoge del todo.

CDH: ¿Empezaste a escribir poesía en Nueva York?

GB: Después del primer año de enseñar en Rutgers volví a Puerto Rico. Tenía una crisis de identidad; no sabía si me iba a quedar en Estados Unidos. La enseñanza conllevaba mucha burocracia y no quería que se me muriera la creatividad en ello. El año en Puerto Rico me dio fuerza para volver y dedicarme totalmente a la poesía a pesar de seguir enseñando. Supe que era lo importante para mí. En los ocho años de Rutgers terminé varios libros de poesía: “Asalto al tiempo”; “El libro de payasos y bufones”; “Los poemas del mundo”, “Pastoral”, “Canto a la nada”, “Diario íntimo de la soledad”. Cada año escribía un libro que marcaba una etapa de mi creación. Lo tenía programado: soy disciplinada para la escritura. Eso me lo dieron las monjas.

En ese momento el profesor José Vázquez Amaral (traductor de Ezra Pound) me estaba traduciendo “El imperio de los sueños” al inglés. Cuando murió, Tess O’Dwyer continuó la traducción.

CDH: ¿Te consideran -y te consideras- una emigrante?

GB: Nunca me sentí emigrante; nunca me sentí minoría. Me siento mayoría, porque los emigrantes somos mayoría; contando a los asiáticos, los latinos, los negros, los gays, somos muchos más que los blancos anglosajones. Dicen que somos “people of color”, pero ¿ellos no tienen color? Son “pink”.

Para los estadounidenses, sin embargo, soy una emigrante puertorriqueña. Pero no tengo la personalidad de los Nuyorican, que nacieron y crecieron allí y entienden el sistema. Allí todo se rige por la raza, el dinero, el sexo. No pertenezco a ningún grupo: estoy adentro y afuera porque no me gusta encasillarme. Nunca he pertenecido a nada y no quiero pertenecer a nada. Me he mantenido pura para poder expresarme más libremente. La otra gente me mete, pero es cuestión de ellos.

CDH: Pero has tenido que lidiar, como escritora, con el inglés.

GB: Aprendí inglés en la calle, en las conversaciones y, sobre todo, leyendo. Mi inglés es literario. Aunque el español es mi lengua materna, me gusta escribir en inglés porque no tengo raíces en ese idioma. Me siento extranjera en inglés y me gusta escribir en el extranjero, en algo que no es mío. Quiero conquistar lo que no es mío, lo que no me pertenece. Tengo una colección de obras de artistas gringos: colecciono a mis conquistadores. Los voy a colonizar, voy a hacer que cambien su mentalidad sobre los hispanos; que vean lo que han hecho sin tener consciencia de ello. Los Estados Unidos han perjudicado a muchos al pretender ayudarlos: los han invadido, los han destruido. Quiero obligarlos a repensar lo que han hecho desde una mentalidad que no es la suya. Necesitan encontrarse con otra forma de pensar. Como Calibán, quiero maldecir al conquistador en su propio idioma; transmitir toda la rabia de los perjudicados para que me tengan que leer.

CDH: ¿Y por qué escribir en Spanglish?

GB: Hacerlo implica adoptar otra perspectiva, dejar entrar voces diferentes. Me interesan mucho los gritos que hay que dar en esa cultura para entenderse a uno mismo o entender un poco la complejidad de lo que está pasando. El bilingüismo me ayudó mucho, pero fue una etapa difícil, de transición, como el purgatorio de Dante. En “United States of Banana” ya escribo en un inglés más homogéneo.

CDH: Ese libro es más revolucionario ideológicamente que “Yo-yo Boing!”

GB: Es una contradicción: “Yo-yo Boing!” es más revolucionario en la lengua, pero no ideológicamente. “United States of Banana”, aunque escrito en el idioma del colonizador, contiene más rabia. Es verdaderamente revolucionario: ahí está el experimento de Puerto Rico. La estadidad no sirve; quiero un Puerto Rico libre de coloniaje. Hasta que no seamos libres no podemos encontrarnos a nosotros mismos. Nos hemos silenciado demasiado. Los Estados Unidos silenciaron tanto mi identidad que en “United States of Banana” esta salió con una fuerza que aplastó la superficie del coloniaje. La fuerza de nuestro país ha sido aplastada políticamente por una fuerza mayor que la suya, pero la que oprime la cultura no es tan formidable; la nuestra es mayor. Eso genera una gran tristeza que proyecté en “Banana”. Cada uno tiene una colonia interna; el puertorriqueño es un ser frustrado. Pero hay esperanza: estamos viviendo la desintegración del mundo que hemos conocido: la del hombre económico y la del hombre sicológico. Espero que venga una época de más generosidad.

CDH: Tu libertad literaria no solo tiene que ver con la lengua -o lenguas- en que escribes, sino con los géneros: los combinas a tu antojo.

GB: He querido escribir libre de tradiciones y de géneros. No me sentía bien en un solo género literario; tenía que ir de uno en otro. Fui campeona de tenis a los 13 años y lo dejé porque no me desarrollaba la mente. Estuve perdida por unos años hasta que encontré la literatura. Pero desde entonces pensé que me iba a cansar de un género y que pasaría a otro.

CDH: ¿Por qué has desafiado las convenciones de los géneros?

GB: Quiero sacar la poesía de la poesía, sacarla del verso, donde ha estado encasillada: sacarla a pasear por otro género literario, hacer lo que hizo James Joyce con la novela. La narración convencional mata: homogeniza las cosas, silencia las voces. Es como escucharte a ti mismo hablar. Pero en el mundo hay gente que tiene mucho que decir y puede decirlo con su propia voz. El drama sale de las voces.

CDH: Volvemos, con eso, a T.S.Eliot.

GB: La poesía es lo opuesto al monólogo. T.S. Eliot volvió a los griegos: quitó del medio a Edipo y Antígona y recuperó el coro de voces. “The Waste Land” es un coro griego con voces anónimas. Cuando Zaratustra dialoga con Giannina en “United States of Banana” habla de los nuevos valores y dice que los nuevos ruidos (“new noises”) constituyen algo inferior, pero yo defiendo los “new noises” del poeta: son importantes. Los valores nacen de esos ruidos.

CDH: ¿Cómo encuentras los nuevos ruidos en la poesía?

GB: La poesía es pensamiento que surge del lenguaje y la palabra. La literatura es experimentación; hay que sacarla de la literatura, llevarla a la matemática, a la geometría, a la filosofía. La literatura es lo que no es literatura; la poesía es lo que no es poesía. Es lo que no creemos que puede ser. De ahí sale lo que no es la realidad sino lo real. ¡Tenemos ya tanta realidad! No interesa su representación. Me interesa la forma, la estructura de las cosas, su funcionamiento: el movimiento que funciona y te transforma, no lo que está ya plasmado, no importa su belleza. La poesía tiene que funcionar. Cuando uno escucha un buen poema hay un movimiento que transforma el espíritu. Me interesa entender ese movimiento y la mecánica que pone en marcha. Antes estaba enamorada de Shakespeare, ya no. Su lenguaje es perfecto pero su pensamiento repite lo conocido. Ahora me gusta más Esquilo. Marcó un momento de cambio: de la épica a la tragedia, de un régimen a otro régimen. En su caso la intuición está en el pensamiento, en un lenguaje que no está totalmente hecho, que es aún imperfecto. Me interesa ver el pensamiento haciéndose.

Ahora pasamos por un momento muy parecido: las cosas tienen que cambiar después de la pandemia. Es un momento de transición, de transformación. Como nada funciona, te tienes que reinventar. Puerto Rico tiene que tomar esa gran oportunidad: salirse del encasillamiento y la frustración y manifestar su fuerza.

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